Integrados a la desintegración

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Carlos Astrada comienza el ensayo “En torno a la Wissenschaftslehre de Husserl” con una observación a tener en cuenta en el análisis político actual: “Es una característica predominante en la filosofía de nuestro tiempo la sostenida preocupación por una sistematización integral de sus problemas”.

La palabra clave es ‘integral’.

Podemos ver por nosotros mismos que esto, que advirtió en la filosofía, hoy está en todas partes; “integral” “integrados” “integración” son expresiones que abundan en todos los lenguajes; desde la terminología académica a los mantra de la New Age, desde la electrónica a la alimentación cotidiana, desde las finanzas a los distintos fenómenos masivos pareciera haberse consumado la integración o, al menos, haberse instalado definitivamente la impronta y ese afán de integración fue también, o primeramente, filosófico; o sea: la integración de las preguntas fundamentales… quizás, simplemente, la búsqueda de una sola respuesta para todas ellas.

Así, una misma teoría debía responder tanto sobre el Capital, el Ser, la nada, el destino del hombre, el infinito, la eternidad, la comida chatarra, el arte callejero, la moda, la lucha libre, la cuestiones religiosas, el tabaco, los chicles, la televisión, las drogas, la nueva moral, Caín, Abel y Janis Joplin…

Ahora traigamos esa observación de Astrada a la situación política actual y analicemos lo que sucede con los Estados nacionales, desde la izquierda teorizante se sostenía que los Estados nacionales habían sido avasallados por el Capital internacional y reducidos a hologramas; nosotros los seguíamos viendo pero eran solo una ilusión óptica que producía la fachada de los edificios públicos, ya no había “Estado” detrás de esas fachadas sino meras oficinas locales de las grandes corporaciones.

Curiosamente para resistir este avasallamiento de las fronteras nacionales, la izquierda argentina apelaba a expresiones como: “lo común” “los márgenes” o “América morena” diciéndonos que da lo mismo el café que el chocolate, el té, el hachís o el ron.

Lo mismo que pregonaban los filósofos de Harvard pregonaban los de La Matanza -incluso Judith Butler tuvo una recepción, en Buenos Aires, semejante a la de una estrella de rock- y nos resultaba evidente que el llamado “decolonialismo” era la vieja y fallida dialéctica de la medicina y el negocio de la enfermedad; todos sabemos que esa medicina no cura, sino que deliberadamente cronifica. También puede verse en la fallida dialéctica del crimen y el negocio de la seguridad, nunca el negocio de la seguridad resolverá el crimen porque al resolverlo pierde su propia razón de ser -de esto se da cuenta hasta quien preste menos atención- sino que propiciará nuevas formas de espionaje y represión; del mismo modo ninguna solución llegada de las capitales europeas podría devolvernos nuestra identidad nacional.

Necesitaron de una manipulación muy hábil pero, finalmente, expresiones como “nacional y popular” se redujeron a meros sinónimos de “posmarxismo” y “posestructuralismo”

Cuando Trump llegó a la Casa Blanca todo se derrumbó, fue como ese chiste en que alguien llama a la puerta y se derrumba la construcción completa; el chiste no termina ahí sino que con la casa derrumbada sus habitantes continúan como si nada, incluso atienden la puerta que es lo único que ha quedado en pie, establecen un diálogo cómico y las situaciones se siguen sucediendo en torno a ese derrumbe como si no hubiera sucedido…

Así, en este mundo ya completamente integrado, los medios hegemónicos –tanto como los residuales del gobierno anterior- siguen analizando la situación nacional como si el edificio global siguiera en pie e intacto, cuando en las pancartas de los seguidores del flamante presidente se leía claramente: Lucas 21:6…

“No quedará piedra sobre piedra que no sea destruida”

Ya lo advirtió Carlos Astrada en 1963: “Es una característica predominante en la filosofía de nuestro tiempo la sostenida preocupación por una sistematización integral de sus problemas”.

Ese mundo que está desapareciendo en ese otro que no termina de aparecer -según la conocida expresión de Gramsci que ya tiene prácticamente un siglo, y un siglo antes que él ya lo había dicho Hegel en su alocución final a las Lecciones en Jena- continúa  integrado en su desintegración y nosotros estamos integrados a la desintegración del mundo.

Juan Ponce

 

 

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La rana Pepe presidente

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Para muchos comentaristas el gran fenómeno político del comienzo del milenio, ha sido la restauración conservadora a nivel mundial y no es casual el momento en que se produce, porque el milenio es una medida de tiempo que al conservadurismo siempre le ha sentado bien.

Es evidente que la palabra “milenio” aparece reiteradamente en la cartelería que se ve al pasar por el frente de una iglesia católica, recordando que se cumplen mil años de algún evento, mil de otro, o anunciando que un nuevo milenio se abre ante nosotros y no, precisamente, en términos de avances tecnológicos como suelen presentarlo los liberales.

El conservadurismo estricto no es político, los antiguos conservadores se remitían a regir en su castillo y a guarecer a los labriegos que trabajaban la tierra de los alrededores; sin embargo en una recóndita sala -protegida por esas murallas con torreones y vigías- el fuego de ‘lo político’ tenía su fragua sopla que te sopla.

Recientemente leía de una nueva polémica sobre los orígenes de Juan Perón, esta vez su verdadero nombre habría sido Giusseppe Pires y la nota agregaba que el mismo Perón se ufanaba en privado de haber creado esa bruma que protegía la parte personal de su vida; pocos días antes leía, sobre Fidel Castro, otro tanto: que había mantenido sus asuntos particulares bajo estricto secreto como así también los de su círculo familiar.

Dos personalidades -intensamente políticas, obviamente- que  se obstinan en mantener el dominio sobre su ámbito privado.

Detalles más, detalles menos y aunque no fueran castillos, tal como señores de sus propios dominios privados los atenienses salían de sus casas a encontrarse en el ágora.

Refiere Hanna Arendt en La Condición Humana, que ‘solo participaban de los asuntos del mundo quienes tuvieran una casa’ y ubica lo político, en el umbral divisorio de lo público y lo privado, antes Carl Schmitt, había definido ‘lo político’ como la distinción de amigos y enemigos, si juntamos a ambos autores nos da la identificación de ese enemigo: aquel que invade nuestro espacio privado; según se dice: quien se mete en nuestras vidas.

Con esto tiene que ver la angustia que ocasiona la argumentación a favor de delincuentes armados que ingresan a una casa familiar: allí es donde mora el antiguo ateniense, hay algo atávico en la política.

En el espacio privado no rige la política, pero al mismo tiempo, es en el espacio privado en donde fulge la flama; el fuego que arde en el hogar inviolable es el fuego de la política.

Hanna Arendt explica con claridad que a medida que la política ingresa en los domicilios privados, hay una devaluación de animal político a animal social.

Ya desde Rousseau, hay una reflexión sobre la intromisión en el ámbito privado. Hanna Arendt apunta que una de las cosas que más sufría el filósofo era la malicia que escudriña los corazones. A nosotros nos ha pasado infinidad de veces, no debe haber quien no haya sufrido un comentario chismoso, cuando nos pasa nos limitamos a rezongar: ¡vaya con estos chismosos!, Rousseau a raíz de esta trivialidad comprendió que los espacios privados y públicos no son meramente espaciales sino esencialmente subjetivos.

Entonces, vale contemplar que enemigo -en términos schmittianos, o sea: puramente teóricos- resulte aquel que violenta, de modo explícito o sutil, nuestra subjetividad; según se dice: quien se mete en lo que no le importa.

La brecha que permitió retornar al conservadurismo, se dio en el lenguaje, pero no en un sentido psicoanalítico, aunque también lo tenga, sino en términos de público y privado en donde lo privado se percibía como una lengua materna; todos recordarán al Cabezón Ruggieri en el programa de Marcelo Tinelli quejándose de que ahora se analizaban demasiado las palabras, a raíz de un incidente con la bailarina Carmen Barbieri que lo acusaba de amenazar implícitamente por usar la palabra “masacre”.

El colmo: ya no se podía hacer de la palabra masacre una metáfora, diría Boogie el aceitoso.

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El significante vacío es el asterisco sin nota al pie.

La cuestión de estos nuevos purismos del lenguaje, que incluso rechazó la RAE –el más difundido fue su rechazo a reemplazar por ‘a’ los sustantivos neutros terminados en ‘o’ o ‘e’- generaba un malestar permanente que se percibía en las fugaces conversaciones cotidianas de las que uno participa o escucha.

Para analizar lo que se decía, y por ende lo que en verdad se pensaba, habían surgido innumerables fiscales del buen uso del lenguaje y este malestar llegó a los periodistas: ahora el manual de estilo los obligaba a cuidar distintos tópicos, especialmente de género, que reducían mucho la posibilidad expresiva, y no solo dificultaba la mera tarea de redactar -que además ya era sometida a profundos planteamientos en torno a la “escritura” de tipo filosófico, que incrementaban la angustia ante la hoja en blanco- sino que también exponía a una denuncia por discriminación.

Sobre esto ya se había quejado el periodista Perez Reverte, que por decir “la corrupción es el cáncer de la administración pública” la asociación de enfermos de cáncer había planteado que se sentía discriminada.

Este malestar masivo del lenguaje tomó cause en los atajos que brindó el periodismo –tal como en el verso de Desnos ‘corre sin saber a dónde va pero sin poder equivocarse’– y sucedió que aquellos comunicadores que toda su vida habían sido pletóricos en alusión a los genitales y a los excrementos: se convirtieron en los voceros de la sensatez y las buenas costumbres incrementando sus expresiones soeces.

Es muy significativo que la grosería fuera la respuesta a toda esa relojería semiótica; el equivalente a interrumpir una conferencia sobre Foucault con un tomatazo podrido en la cara del conferenciante, porque no podemos observar el ascenso civilizatorio que va de la agresión física a la agresión simbólica porque acá son inseparable.

Es muy significativo también que el tomatazo podrido -en formato ‘meme’– haya sido el proyectil más usado.

La reacción conservadora, ya abiertamente, plantea sobre el planisferio su estrategia desde el preciso momento en que asumió Jorge Bergoglio como papa -los conservadores del mundo sin necesidad de comunicarse por ningún medio entre sí interpretaron en este sentido la abdicación del aún más popular Benedicto XVI pero ya muy anciano, ahí comenzó la auténtica cruzada del conservadurismo y fue imparable.

El Papa elige el nombre de Francisco -no como dice la periodista Viki Pelaez: “eligió el nombre de Francisco como expresión de la humildad y sencillez que supuestamente caracterizará su pontificado”- sino por la misión específica del Santo: reconstruir la Iglesia y esta, obviamente, entendida en términos ideológicos.

Así fue que el conservadurismo mostró al mundo su rostro más temido: el rostro bondadoso; con gran habilidad, y apegándose a su dogma, despolitizó a sus oponentes incluyéndolos en la comunión –perdonando el aborto, alentando el regreso de los divorciados y contemplando la situación de los homosexuales- que no es otra cosa más que hacerlos ingresar en su propia casa, un modo de borrar la línea que refiere Hanna Arendt.

Evidentemente lo logró, y más allá de temas importantes sobre los que el Papa constantemente reflexiona críticamente, estamos viviendo un giro mundial de 180° hacia el conservadurismo que ya se ha completado en casi la mitad de su recorrido, la mitad se completará el 20 de enero.

rana-pepe-curaAbundan elogios a Maradona por haber surgido de donde surgió, pero se soslaya que el papa haya sido un vecino más de un barrio de una capital periférica; que un niño pobre haya llegado a ser el mejor jugador de fútbol del mundo parece asombrar a todos, que el mismo niño que iba y venía del almacén haciendo los mandados a su madre haya llegado a Papa parece no asombrar a nadie y el progresismo comete el error de reducirlo a las categorías habituales, cuando en realidad se enfrenta a un político de categoría napoleónica.

No se dieron cuenta de que era un Maradona con sotana, pero además tampoco se dieron cuenta de los demás volantes ofensivos como Putin o Narendra Modi o Jinping, es más tampoco advirtieron la presencia de la rana Pepe en el banco de suplentes, ni siquiera advirtieron que al buso de DT lo llevaba puesto Ratzinger, que para más ya le había ganado a la Unión Soviética.

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Tal como un equipo de no videntes-hipoacúsicos los progresistas salieron con la sonrisa de Steve Wonder a la cancha.

Luis D’Elía, un piquetero de Argentina, fue el primero en advertirlo:

“Bergoglio es para el progresismo como Wojtyla fue para el bloque socialista”.

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Un político de nivel napoleónico.

Efectivamente así fue, en el caso de Argentina la reconversión de Cristina Kirchner al catolicismo, neutralizó al sector mas ‘progresista’ del kirchnerismo.

Por esos días la Derecha Alternativa (se dice a sí misma ‘alternativa’ porque su premisa principal es que la derecha liberal y el marxismo cultural forman un solo bando) hizo su presentación en sociedad lanzando una andanada de memes; para muchos resultó conmovedora esa artillería precaria delatando su ubicación.

Los ‘cibercon’ con canales de videos, blogs y revistas electrónicas desafiaron el puritanismo idiomático; los vimos salir al alba de sus hogares, descubrimos que dormían con pijamas, esposados a las espaldas y abucheados por los antifas bajo una lluvia de toda clase de desperdicios, en lo más recio de la batalla cultural la Rana Pepe fue declarada símbolo de odio y poco después: elegida presidente de los EEUU.

No es trivial que hayan sido memes, porque el meme tiene su propia fundamentación teórica, según el biólogo Richard Dawkins autor de “El Gen Egoísta”-uno de los tantos autores ninguneados por la izquierda- dice que meme es la unidad (de información) cultural que se reproduce y se transmite de persona a persona y de generación a generación de un modo semejante a como se reproduce y se transmite la información genética.

 

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Richard Dawkins, acuñó el neologismo ‘meme’.

Mientras tanto, la izquierda devenida en posmarxista y posestructuralista y aún enemistada con la RAE, sigue hablando sola -tal como una loca- con sus neologismos ininteligibles.

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Juan Ponce

 

Un reproche al populismo

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“Luis cometió, pues, cinco faltas: aniquiló a los débiles, aumentó el poder de los poderosos en Italia, introdujo en ella a un extranjero más poderoso aún, no se estableció en el territorio conquistado y no fundó colonias. Y, sin embargo, estas faltas, por lo menos en vida de él, podían no haber traído consecuencias desastrosas si no hubiese cometido la sexta, la de despojar de su Estado a los venecianos”.

Maquiavelo, El príncipe

Borges dijo del catolicismo que era la más mundana de las sectas cristianas, el impacto que semejante calificación ocasionó -en nuestra adolescencia, entrañablemente provinciana- residía en que la Iglesia Católica nos parecía suficientemente a la luz del día, para considerarla una secta…

Sin embargo técnicamente lo era y la verificación de esto nos llevó a una instancia superior del mismo asombro, si primero nos había asombrado el desenfado de Borges, para decir semejante cosa, más nos sorprendió después que estuviese en lo cierto.

Con el populismo pasa algo semejante, incluso las manifestaciones más multitudinarias siguen siendo corrientes internas de un fenómeno más grande, incluso si algún sector consiguiese la totalidad de la representación se daría el politeísmo de un solo dios, tal como algunos irreverentes definieron al monoteísmo en el contexto de sus inicios.

El dilema hamletiano -expresión que resignificó Italo Argentino Luder- se presenta cuando alguna de estas sectas, independientemente del número de sus adherentes, quiere asumir esa representación completa…

En el caso de las religiones es asumir la representación de Dios y así vemos a una pequeña iglesia de barrio, quizás montada en un garaje, compitiendo sin amilanarse con el propio Vaticano en la empresa de salvar almas…

En política, los ángeles y el catecismo se convierten en literatura y en cierta iconografía que habitualmente se reduce a folclore partidario; tal como en la religión, la discusión pasará muchas veces por la pureza ideológica y eventualmente se llegará a determinar de modo sangriento.

En esta versión secularizada, decir qué es o no es el ‘populismo’ -especificamente, en el caso argentino, qué es el peronismo; algo que al día de la fecha no han podido determinar ni los propios peronistas- pareciera tan crucial en términos de poder, como lo fue en su momento determinar qué era Dios.

En el caso del “populismo comunicacional”, la revelación profética será un relato paranoico.

Relato paranoico no alude a ideas persecutorias, a conspiraciones y a poderes en las sombras, al menos no solamente a esto; sino más específicamente a que el relato cierra cuando se ‘forcluye’ un significante, ciertamente un caso en el que importan más las formas que los contenidos.

Se trata de un esquema muy simple: hay que poner algo del otro lado de un límite que aún no es límite porque no tiene nada del otro lado.

Eso que se ubica del otro lado pueden ser tanto los mexicanos, como la dictadura, el imperio o los musulmanes.

Esto que funciona automáticamente se produce con la exhibición aberrante; no es nuevo que a un grupo se le atribuyan las peores atrocidades y de este modo justificar hasta el exterminio de mujeres y niños, y en esos casos también cierra un relato de tipo paranoico, pero ahora -con los avances tanto teóricos como tecnológicos- se puede implementar en modo ataque relámpago y el daño psicológico que ocasiona en una porción de la población (la porción que se engarza internamente en ese relato paranoico que los teóricos populistas llaman ‘pueblo’) pareciera irreversible.

Una versión más sofisticada y terrible de aquella consigna: ‘el que no salta es holandés’.

Para poder dar explicaciones sobre qué es el populismo, primeramente hubo que definir ‘pueblo’, se intentaron distintas argumentaciones, finalmente el concepto quedó aislado tal como una prueba de laboratorio y se etiquetó la probeta.

La etiqueta decía: “nuevo sujeto histórico”.

Se busca la ficha técnica en el archivo, para saber más de este ‘nuevo sujeto histórico’ y no hay información complementaria; el ‘nuevo sujeto histórico” es tal como un Adán recién aparecido en el Edén.

Sin embargo, con la premisa de que el milagro es el ‘estado de sitio’ tal como lo plantea Carl Schmitt en su teología política, podremos preguntarnos por nosotros mismos que es ‘pueblo’, con chances de encontrar una respuesta.

Primeramente salta a la vista, la diferencia entre sacerdotes y pueblo, después salta a la vista la semejanza entre sacerdotes y funcionarios del Estado, por ende, muy sencillamente, se puede establecer con apreciable exactitud una definición de pueblo.

El sector de la población permanente que no participa de la administración de un territorio.

El pueblo argentino es esa inmensa masa de millones de seres humanos que no participan de la administración pública, en ningún grado, salvo como usuario de sus servicios o sujeto de las leyes que se ha dado a sí mismo.

Entonces la estricta definición de populismo, es: ‘sistema de gobierno que busca el beneficio de quienes no participan de la administración pública’… o ‘el gobierno de los que no gobiernan’.

Se sintetiza en los conocidos versos: ‘para todos todo; para nosotros nada’ y tal debiera ser el lema de un buen populismo; en el ‘populismo comunicacional’se ha dado al revés: los que no participan de la administración no reciben ningún beneficio o se encuentra en gran desventaja ante una curia política que se atribuye la categoría de pueblo y en función de esto gobierna.

Una equivocación crucial, que desvirtúa completamente el sentido del populismo y hace aparecer el sistema clientelar: llaman ‘pueblo’ a los administradores del Estado, es decir: un clero secularizado; coincidentemente se trata de ellos mismos.

En el buen populismo la madre soltera recibe su cuna de cartón y la visita solidaria de un voluntariado, pero además el padre del niño está preso en una cárcel decente y a la madre le resultará bastante simple cursar estudios superiores, mientras el niño se divierte a lo grande con sinfín de juegos didácticos en una guardería gratuita, como si fuera poco el novio en la cárcel escribió una novela y la editorial carcelaria dependiente del Estado se la va a publicar, cuando salga todo será mejor que antes; en el populismo comunicacional las sucesivas cajas que vaya recibiendo, serán como mojones en un camino hacia la nada, hasta que finalmente quizás reciba un féretro con sus propias medidas, también hecho de cartón.

Hay un pasaje en el libro de Maquiavelo (allá por el 1500) que dice que si un conquistador decide conquistar un territorio y puede hacerlo, no tiene nada de reprochable, pero que si al intentarlo fracasa o lo consigue apenas a medias sí es reprochable; de esos párrafos extraje el epígrafe que encabeza esta nota.

Entonces, la táctica del antagonismo también tendrá de reprochable, o no, según sean sus resultados.

En cierto momento, me resultó claro que los tres principales logros del kirchnerismo, hasta entonces, habían sido:

1 – Que la Sociedad Rural representase al Ser nacional.

2 – Que Clarín representase a la libertad de prensa.

3 – Que el sindicalismo mafioso representase a los trabajadores.

Años después, sumó una cuarta:

4 – Que Macri representáse al voto anti-corrupción.

Evidentemente estos desastres son comparables con los que enumera Maquiavelo.

Los teóricos del populismo comunicacional justifican el gesto grandilocuente, la oratoria exaltada, la pose incorrecta, porque ubican en el antagonismo la distinción de la política -que es como lo señala Carl Schmitt- pero además, porque al mismo antagonismo no lo plantean más allá de estos términos; no tienen en cuenta a Maquiavelo: si un conquistador en su ambición se propone someter un reino y lo consigue, no tiene nada de reprochable; pero si no lo consigue sí es susceptible de reproche… quizás porque las luchas e intrigas a las que refiere Maquiavelo no fueron, precisamente, pasos de comedia.

Pareciera que en ese capítulo, Maquiavelo, esplícitara que la palabra ‘fin’ de su conocido axioma, tuviera el sentido de victoria: ‘la victoria justifica los medios’.

El fracaso del populismo comunicacional en Argentina, aunque es muy interesante de analizar, lo priva de justificaciones.

Si no se ve de este modo en que la victoria concede la justificación, se envilece el antagonismo, se degrada y se convierte en mero “agonismo” (término apropiado  por Chantal Mouffé), una agonía existencial provocada por heridas autoinflingidas que se sobrelleva políticamente a base de toda clase de excesos y finalmente se descubre como una parodia litúrgica en el mismo nombre del padre que decían combatir al debatir…

Juan Ponce