Mordaza para Alemania

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“El partisano moderno no espera ni gracia ni justicia del enemigo. Dio la espalda a la enemistad convencional con sus guerras domesticadas y acotadas, y se fue al ámbito de otra enemistad verdadera, que se enreda en un círculo de terror y contraterror hasta la aniquilación total.”

Carl Schmitt, La teoría del partisano

Donald Trump sigue siendo una incógnita, de ese tipo de incógnitas que en realidad son respuestas que no se quieren aceptar, es la incógnita del hijo drogadicto, es la incógnita de la esposa infiel… es la incógnita del marido que no volvió de comprar cigarrillos.

Donald Trump es una pregunta que no se puede responder por motivos semejantes, quizás porque el quiebre que se percibe afecte al fundamento mismo puesto en Yalta que es a su vez el fundamento de la ONU; así como esas otras respuestas, que afectarían la base de nuestra representación social.

Observen ustedes que algo semejante a lo que reclama Rusia reclamaba Alemania antes de la primera guerra; algo semejante a lo que plantea Donald Trump planteaba Alemania antes de la segunda.

En breves palabras,  vísperas de la primera guerra mundial: Alemania planteaba que ella no había recibido la parte que le correspondía (ni de África, ni de América, ni de Asia), que no era una potencia colonial y que consideraba serlo, que es en cierto modo lo que plantea Putin aumentando el protagonismo ruso, y cuando Trump dice que su gobierno no se meterá en los asuntos de los demás países recuerda a lo que decía Hitler sobre la postergación del colonialismo más allá de la expresión ‘espacio vital’.

Todo a grosso modo, pero el grosso modo es un paso necesario en el análisis político, tal como lo es en la creación pictórica en la que primeramente se trazan líneas y formas básicas que luego se van completando con detalles, colores y sombras. Los romanos decían Ut Pictura Poesis, “así como la pintura es la poesía” y los viejos maestros del oficio indicaban que primero se observase el modelo entrecerrando los ojos para volver borrosa la imagen, es decir buscaban ese “grosso modo” deliberadamente.

La pregunta, entonces, a grosso modo sería: ¿qué tiene para decir hoy Alemania si la primera vez que abrió la boca provocó la primera guerra mundial y la segunda vez la segunda…?

¿Podemos anticipar sus palabras? No, pero podemos prever sus consecuencias, porque ya sucedió dos veces; entonces: para mantener la paz mundial hay que silenciar a Alemania*.

Quizás eso que tiene Alemania para decir y que mejor que calle, sea esa respuesta que no nos atrevemos a darnos a nosotros mismos, sobre si nuestro hijo consume drogas, o si nos meten los cuernos, o sobre qué pasó con papá que no volvió de comprar sus cigarrillos.

Juan Ponce

* ¿Con media Ucrania será suficiente?

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Un cordobés en Berlín

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“Es triste en medio del campo/ pasarse noches enteras/ contemplando en sus carreras/ las estrellas que Dios cría/ sin tener más compañía/ que su soledá y las fieras”. Martín Fierro

La clave de sol de Carlos Astrada, está en su provincianidad antes que en los cursos que tomó en Alemania; porque efectivamente fue un provinciano y sus abuelos, bisabuelos y tatarabuelos también lo fueron.

Para quien no supiera de esto habrá sido uno más, de estatura mediana, de piel trigueña clara, de pelo castaño o negro, con tonada, que ganó una beca en un concurso de ensayos justo en la primera bifurcación de la vida…

Para él, el impacto cultural seguramente fue tremendo; despertar de las siestas de Córdoba (risas, cuchicheos, arroz con leche… ) en el Berlín que incubaba a Hitler.

Permaneció una larga temporada en Europa, hasta que tuvo que volver de improviso; un albacea lo habría despojado o hecho perder sus pocas propiedades, supongamos un campo de veinte mil hectáreas y un departamento en pleno centro.

Era habitual en los vecinos del barrio, que abarca desde el arzobispado a la ciudad universitaria, conservar casonas dieciochescas -por cierto de arquitectura muy sencilla y semejantes a fortalezas- en medio del campo, incluso a algunas se llegaba solamente de a caballo, en la serranía o en la pampa que estaba cubierta de un monte espeso…

Esa profundidad rural montesina, penumbrosa, henchida de arroyos, de arboledas y de cañaverales -que ha sido reducida a una planicie apisonada- albergaba en aquellos tiempos una fauna prodigiosa. También había desmonte, potreros en donde se sembraba trigo y maíz o se agrupaba al ganado; pero incluso esto parecía favorecer la exuberancia biológica y de allí provienen sus cavilaciones.

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Una porción de la pampa de Astrada que aún se conserva, a duras penas.

Carlos Astrada dice que somos algo que no sabemos ser -en el sentido de que nos falta la pericia- pero que lo somos; y en un espacio geopolítico que es anterior a la llegada de los españoles, a quienes habría fagocitado: la misma pampa infinita a la que referirá Borges.

La revelación de eso que habríamos de ser -pero no sabemos cómo- la encuentra en las cornisas andinas, quizás porque desde allí una llanura de nubes reavivó su pesadilla; con una simple expresión de asombro resumió toda su obra: “la Acrópolis es el Machu Pichu de Europa”.

El Esquilo argentino habría sido José Hernández y al propagarse la lectura del Martín Fierro en las pulperías, iría tomando forma la figura arquetípica del gaucho; cuando la imagen habría alcanzado su máxima definición se deshizo en la modernidad.

Es considerado, casi oficialmente, el ‘fundador de la filosofía argentina’; pareciera que efectivamente lo fue pues todo se renueva -se descubre y se recubre para volverse a descubrir- y su fundamento permanece inconmovible, no sin resistir.

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En el paisaje que teorizó Astrada, persiste un tramo del antiguo camino real con su posta del siglo XVIII.

Su obra no confronta con las novedades editoriales europeas, ni sufre esa congoja que le ocasionaba a Borges el recambio de las carteleras, el existencialismo de Astrada es una vecindad de tierras de labranza y monte virgen, dispuesta en retazos de distintas formas, tamaños y asperezas, en un paisaje subjetivo que a él lo sustentaba en todo sentido, pues incluso le proveía los recursos para mantenerse en Europa.

La impronta de Carlos Astrada es fundante, el concepto de un personaje literario que se convierte en tipo humano -que más encima suma las virtudes de la esgrima y de los antiguos trovadores, así como la de los mejores jinetes- que plantea en cierto modo que la obra ha creado a sus propios lectores, transfiriéndoles esas destrezas, y que estos a su vez han formado la nación que dará surgimiento al propio autor del libro: es neto de su cuño.

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Gaucho, dibujado por el autor de la nota.

Fue jefe de publicaciones de la U. del Litoral, presidió el primer congreso nacional de filosofía y dirigió el departamento de filosofía de la UBA entre 1948 y 1956; devolvió, con su vida completa, la beca que lo despertó de la siesta cordobesa en medio de Berlín.

Otro aporte, igualmente mayor, de Carlos Astrada fue la teoría de la escatologización de las ideologías (1957); proceso que convertiría a las ideologías, incluso a la crítica feminista, en una suerte de religión.

La reedición de Marxismo y Escatología fue su última publicación (Juárez Editor, 1969).

Carlos Astrada fue reeditado por el fondo nacional de las artes en el año 2006 a través de su obra más conocida, El mito gaucho.

Juan Ponce

Alepo, después

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Un poema de Borges quizás hubiera sido necesario, ya no; que llevase los nombres de Alepo y Stalingrado, semejante al que escribió para los soldados John y Juan pero con uno cayendo muy lejos del otro y mucho tiempo atrás, de hecho: según los manuales de historia, en otra guerra. En el último verso, seguramente, se descubre que es la misma.

Anticipar triunfo o derrota no tenía más mérito que la fortuna a cara o cruz.

Los consumidores de noticias observábamos absortos como se extendía la llamada Primavera Árabe, el M15, los okupas de walt street, el movimiento estudiantil chileno, cada refriega de barras bravas encendía las alarmas; de un momento a otro la primavera habría llegado…

Al mismo tiempo que la ‘primavera árabe’ estallaba en el Metro de nuestras respectivas ciudades, había suficiente en las publicaciones de izquierda para quien quisiera disfrutar del perfume de las flores y el canto de los pájaros; y si quería más, también había bodies painted.

Había llegado el nuevo amanecer y nos instaron a salir en pijamas, y fuimos a recibir con los brazos abiertos a los helicópteros apache. Llegado el mediodía algunos merodeaban en estado de shock, entorpeciendo a las ambulancias; otros, ya pasada la tarde, trataban de encontrar  sus domicilios bajo los escombros. Los demás estaban muertos.

EEUU reconoce que el huevo de Al Qaeda había sido depositado en Siria y hasta acepta la posibilidad de un doble o triple error propio; de ese huevo asomó el Daesh, como un pichón voraz  y de crecimiento rápido.

EEUU pretendió volver a pegar el cascarón que dejó atrás el pichón -que ya es un Ruc, que arranca tejados con sus garras y que incluso puede enfrentar a los aviones- con la cándida ilusión que, de ese mismo huevo, nazca ahora la blanca paloma de la paz.

Pega cada trocito de la cáscara de modo que parezca que el pichón no ha nacido todavía, y lo hace suministrando armas al remanente de Al Qaeda que acabará siendo Al Nusra;  impredecible, por irracional, atacará fuera de Siria a sus propios proveedores.

Evidentemente excedía cualquier explicación que pudieran dar los políticos en TV.

Finalmente nos encontramos frente a Alepo; más allá de la significación política, más allá incluso de la significación estratégica e incluso más allá de cómo repercute en los precios del supermercado y sin tener en cuenta para nada las cuestiones de tipo humanitario: la pregunta es si efectivamente fue Stalingrado.

Antes de la batalla el recurso literario fluía con generosidad, se lo prodigó en notas sobre Mosul y sobre Raqqa; pero incluso la toma de La Calera por parte de Montoneros fue interpretada en dimensiones soviéticas, incluso la opereta cubana en Santa Clara fue llevada a esa escala -por la televisión norteamericana- tal como se hace con las maquetas de cartón.

Me parece que la perspicacia está en confirmarlo hoy,  ahora que el polvo se ha disipado de las calles de Alepo: ¿alguien se atreve a compararla?

Juan Ponce

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El meme nacional

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Cuando era chico, efectivamente, llegué a creer que la pampa era infinita; tal como decía Carlos Astrada cruzando por esos lugares en primera persona.

Ciertamente, aquellos parajes no nos eran ajenos pero tampoco nos sentíamos asimilados completamente. En el atardecer, en el caballo, en quitarle la montura y encender las lámparas de querosén, en volver y darle medio balde de avena, no había ninguna diversión y tampoco resultaba tan espontáneo como sí para los colonos que ordeñaban con destreza y hasta usaban bien el lazo. Me veo a mí mismo por el viejo camino real -que no era más ancho que una vereda, lleno de piedras de tamaño considerable- abrumado ya por ese vínculo con la tierra, y recuerdo haberle preguntado a mi abuela por la laguna de Mar Chiquita, que quedaba a unos doscientos o trescientos kilómetros, como si quedase del otro lado del mundo; así de infinita era la pampa.

Carlos Astrada dice que hay una extrañeza del argentino ante la pampa, que esa extrañeza ante su propio suelo -al que incluso añora cuando se aleja por un tiempo- y en el que está enraizado, lo define.

Cuando Borges dijo: “soy un europeo exiliado en América” quizás también lo dijo con cierta perplejidad y quizás sea la misma que nos distingue del resto de los pueblos del mundo.

Esa perplejidad se produce no por una cuestión meramente geográfica sino porque la pampa se convierte en un espacio subjetivo –dice Borges Sé que estás en mi pecho– y recién entonces provoca en sus habitantes esa melancolía metafísica que les resulta evidente a los extranjeros. Si nosotros observáramos la cartografía actual -incluso la de la época de Borges o Astrada- entenderíamos que su nombre escrito en minúscula es una exageración, frente a las grandes praderas norteamericanas o asiáticas.

Al escribirse pampa con minúscula se le da la dimensión fantasiosa de mar.

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A medida que los caminos asfaltados la fueron cruzando y luego recorriendo los buses, los automóviles, los camiones, y fueron apareciendo los paraderos, los moteles, los travestis y ex presidiarios haciendo dedo… la pampa geográfica dejó de ser infinita.

Sin embargo una tormenta abriéndose paso, los televisores chispeando en una pulpería, el mostrador, los vasos, el olor a lluvia, el ruido cuando se desploma el agua, seguirían produciendo esa misma sensación inconmensurable.

Esa perplejidad, de sentirnos consustanciados con el paisaje y a la vez extraños en él, es la grieta existencial de los argentinos; y según Carlos Astrada, nos condena y nos distingue.

En su profundidad se encuentra nuestro mito.

“El mito no es únicamente producto de épocas primitivas o pre-históricas de la conciencia popular, en las que este se vela en la sombra germinativa de los orígenes, sino que él puede plasmarse e incrementarse siempre de nuevo, tanto en un incipiente como en un elevado estadio de la cultura…”.*

Esto lo decía en 1948 Carlos Astrada y recién veinte años después partiría Ernesto Laclau, a Essex, convidado por Eric Hobsbawm -tras su paso por Buenos Aires- y recién después de otros veinte años regresaría con su teoría del relato político.

El mito está cifrado en las tiernas leyendas, de urbe provinciana, que decían que la laguna se comunica por un túnel con el mar.

En la geografía impalpable de Mar Chiquita estaría nuestra unidad cultural más profunda, nuestra propuesta civilizatoria, nuestro mayor potencial político, nuestro meme.

No importan las imágenes satelitales, ni las precisiones cartográficas, es como un sueño.

No hay otra grieta más que esa que llevamos en nosotros mismos; la grieta de Lanata no es una grieta, es otra cosa.

Juan Ponce

* Carlos Astrada, El mito gaucho, Fondo Nacional de las Artes, 2006, pág. 81.

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