La gran Puna

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“Probablemente el paquete de billetes verdes, azules, rojos y multicolores que contenía miró también al señor Goliadkin con afabilidad y aprobación. Con cara radiante, éste puso la cartera abierta en la mesa y se restregó vigorosamente las manos en señal de profunda satisfacción. Sacó por fin su reconfortante fajo de billetes y, por centésima vez desde la víspera, se puso a contarlos, frotando minuciosamente cada uno de ellos entre el índice y el pulgar”.

Fiodor Dotoyevsky, El doble

El populismo sigue ocupando lugar en las vitrinas virtuales, incluso en las reales, es un tema que se extiende del mismo modo que el Capital, generando la demanda.

Marx dice que la generación de demanda tiene un límite, llega un momento en que ese Capital que generó ciertas demandas originales y estas a su vez otras y estas otras y así… estalla como una pompa de jabón.

La misma suerte correrá la literatura populista; llegará el día en que ya nadie querrá ni que le mencionen la palabra.

Antes de irse pasará por una etapa de fábula, recuerdos de un mundo idílico o un infierno perfecto, se repletará de fantasías negativas, positivas y también introspectivas y de fondo el público de pie aplaudiendo fervoroso.

Ella y él darán unos pasos al frente y se atreverán a tomarse de la mano, y ahí en ese preciso momento (en que la heroína y el villano se dan la mano como dos profesionales) el teatro estalla en la ovación…

No es una construcción mediática convencional, es decir ‘meramente propagandística’, sino que busca vaciar un significante y el significante se vacía al ser extirpado del universo simbólico.

No es un significante nuevo, sino que es un significante antiguo, quizás primordial, que se extirpa traumáticamente mediante la evidencia de hechos aberrantes.

En el caso argentino fue la dictadura: infinidad de sitios, museos, charlas, imágenes, videos, daban oportunidad a las víctimas de narrar los horrores que habían padecido; el argentino medio quedó shockeado, cuando volvió en sí se había convertido en Petrovich Goliadkin.

Esto necesita de una construcción mediática que recuerda a los grandes maestros de la Ópera, con su multiplicidad de sonidos, superposición de melodías y leitmotives; más la utilería.

La potencialidad del populismo fue distorsionándose, y menguando, a medida que aumentaba el entusiasmo de sus implementadores; en ciertos momentos iniciales los populistas argentinos parecían alineados con los valores de la Fundación Clinton, en otros con los del filántropo Georges Soros, en otros trabajando codo a codo con Barrik Gold para una megaminería sustentable, en otros parecían náufragos en las costas de China… finalmente ella confesó su sueño: ‘la gran Puna’ (tópico fascista si los hay).

¡Quiero convertir a este país en un desierto apisonado surcado por ríos encausados con hormigón!

¡Hormigón, hormigón! ¡Los muchachos de hormigón!, respondió la turba disociada de la realidad.

La estrategia comunicacional a primera vista resulta muy simple; porque se guía, digamos, por un sistema binario… por momentos pareciera que a todos nos resulta más fácil de entender el sistema decimal.

Básicamente: es Uno, el protagonista, y Cero, el antagonista; con sus respectivos coros y segundones, que no son otra cosa que el desdoblamiento y repetición de los dos primeros.

Cuando sobre el escenario se da el enfrentamiento estelar, entre protagonista y antagonista, la habilidad de uno está en la confirmación del otro.

Así lo que busca él es confirmarla a ella y lo que busca ella es confirmarlo a él.

Ella y él avanzan tomados de las manos en alto y en los palcos y en la platea los presentes copulan en cada abrazo de camaradería, las luces se encienden, los demás actores se unen al aplauso generalizado, la barra en el paraíso va a desplomarse, todos saltan, festejan, ella recibe un ramo de flores, lo sostiene con naturalidad en el brazo y saca una flor y se la da a él, que tiene el gesto de oler su perfume.

Es la apoteosis…

El teatro entero, con todo su personal, entona la canción central de la banda de sonido, ella comienza a retirarse y él la escolta como un bailarín, se hace un poco al lado y le cede la parte que le toca del amor de los plateístas…

Luego se apagan las luces, en el fondo del escenario comienza a proyectarse la presencia de un submarino atómico norteamericano, muestra como lanza sus misiles  y se explica que cada uno es equivalente a cincuenta hiroshimas.

Desde la ventana del hospicio Charly suplica que no bombardeen Buenos Aires.

La ‘farsa’ -que Marx señala en la repetición de la historia- termina en el submarino y su bestialismo apocalíptico, el público parece salir de la sala como niños que se percatan de la ausencia de sus padres, afuera es un día de mierda que se hace de noche, la cartelería es reemplazada con el anuncio de un clásico: Krakatoa al este de Java.

Juan Ponce

krakatoa

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