La cosa pública

ADAMS

Antes del liberalismo, el sistema dominante fue el ‘mercantilismo’, una forma primitiva de capitalismo que consistía básicamente, según leí por ahí, en la acumulación de riquezas tangibles; era un modo de darle a la economía un centro de gravedad, acumulando oro y piedras preciosas en la bóveda de un Banco protegido por un ejército poderoso.

Mientras más poderoso fuera ese ejército, más confiables eran aquellos caudales a futuro.

Para dar una idea de la dimensión de ese afán de acumular riquezas: en 1806 en Buenos Aires se acumulaban cuarenta toneladas de oro; desaparecieron tras las invasiones inglesas.

Cuarenta toneladas y cuando los indios divisaron los barcos ingleses entrando al río, el Virrey debió huir a protegerse a Córdoba; no tenía modo de defender ese tesoro.

Los vecinos indignados, tal como en un corralito, dijeron a la mierda me devuelven mi oro que he depositado para su resguardo, un disparo mató a un guardia inglés, otro disparo a otro, y a los pocos minutos les disparaban hasta con cañones desde todos los ángulos.

Desde entonces los vecinos de Buenos Aires prefieren acumularlo en su propia casa, en alguna albañilería construida por el mismo dueño, este ha sido el botín que buscaron los peores criminales; incluso esto fue lo que buscaban los protagonistas de ‘A sangre fría’ de Truman Capote, cuando asaltan la granja de la familia calvinista.

El primer ‘corralito’ de la historia argentina, le costó la vida a quinientos ingleses y otros tantos fueron hechos prisioneros -un tiempo relativamente corto y finalmente se integraron a la sociedad, formando matrimonio con niñas de familias criollas-.

Más que una rama una veta del árbol genealógico, digamos como esas machas raras que se admiten en un pelaje de pedigree; sus hijos, nietos, y demás descendientes, al día de hoy conservan cierta influencia política en el área diplomática.

Sabato los menciona en sus novelas.

En el mercantilismo la receta estaba, según parece, en concentrar riquezas; acumular riquezas. El rey concentraba una fortuna sideral de la que podía disponer a discreción, distintas vicisitudes aumentaban o menguaban el capital y los países europeos durante este período -como lo habían hecho antes y siempre- guerrearon entre sí en relación al saqueo del África y América, que era el modo de acumular riquezas que les venía mejor; guerras que se trasladaron al propio continente europeo y se fueron sucediendo variopintas, unas tras otras, hasta la segunda guerra mundial.

Carl Schmitt lo plantea como la guerra entre el mar y la tierra, en la que las potencias marítimas consiguen la supremacía.

El mercantilismo propiciaba leyes contra las aperturas aduaneras que hacían que las economías de los reinos anduvieran más o menos bien, aunque pocos niños usaran zapatos y muchos muriesen sin atención médica, incluso los nobles podían disponer de cualquier mujer del pueblo para su servicio estuviera casada, soltera, fuera mayor o menor de edad -expresiones que no se acuñaban aún- y esta situación movilizó a algunos pensadores hacia lo ‘político’ abandonando los dilemas de la ecolástica; pero la ecolástica -ese diálogo sin fin entre el cristianismo y los clásicos griegos- se perpetuó hasta nuestros días, y un caso cercano es el interminable intercambio de monólogos entre el peronismo y la izquierda.

La guerra y la salud pública pronto se presentaron como asuntos de igual urgencia, tanto representaba construir una muralla defensiva que construir un sistema cloacal, más todo esto debía estar en cierto modo sincronizado y nace entonces la educación pública.

En la escuela los niños aprenderán a formarse en línea recta y mantenerse con la vista al frente y las manos a los costados, completamente inmóviles, mientras los celadores y profesores dan instrucciones, el propio director lanza una proclama e izan la bandera nacional, día a día durante toda la infancia; finalmente serán hombres educados y damas hacendosas en los parámetros prusianos.

Mientras tanto el liberalismo iba colándose por toda clase de resquicios legales, modificando disposiciones, introduciendo nuevas costumbres, abriendo las fronteras, con técnicas que a unos les parecerán ingenuas y  a otros aberrantes pero unos y otros podrán reconocerlas en el presente, incluso suelen difundirse frases de aquellos pensadores e impacta su vigencia, de Alberdi a Macri el discurso no ha cambiado en casi nada, algunas párrafos se repiten en voz baja, otros por señas, casi siempre con eufemismos e incluso con emoticones; pero el discurso de los liberales del siglo XIX y los del XX –en su idea central que es ‘la cosificación de la cosa pública’– simplemente se ha dado un pink washing.

Muchos interpretan que mostrarse desinhibidos y superficiales es un signo de poder, aumenta el cotilleo y los chismes de grueso calibre van y vienen rayando el inconsciente de la audiencia vastamente inculta -pero bien educada en la escolarización obligatoria- que traga saliva tal como los perros de Pavlov, la farándula sube como la espuma y alcanza lugares de poder, con el cine se dispara hacia las nubes, ser famoso es sinónimo de enemigo público o de artista de cine y Hollywood ocupa en el imaginario colectivo un lugar equivalente al Olimpo o al Walhalla.

Hanna Arendt observa el fenómeno de la fama en Los orígenes del totalitarismo.

Esto es como una esfera recubierta con pequeños espejos cuadrados que sostenemos en una mano, si estiramos el brazo la veremos esférica completamente, si la acercamos a nuestros ojos notaremos que la superficie de cada diminuto espejo es plana y que cada una guarda un reflejo propio.

Es difícil en un texto breve mencionar cada plano de esa esfera, pero la idea central de que no hubo nunca un liberalismo idílico, una especie de Edén liberal primigenio; sino que siempre fue el mismo neoliberalismo de hoy debe quedar clara.

Incluso podríamos -si es que insisten con un antiguo liberalismo primordial- identificarlo en las disposiciones contra la usura que figuran en los libros Vedas.

Siempre ha sido el mismo, distintas circunstancias lo llevaron a tomar distintos aspectos, finalmente hubo una determinante: la industria del armamento, el liberalismo se apropia de los medios de producción y también produce armas, produce armas y quiere venderlas, para venderlas son necesarias las guerras y los rumores de guerra.

La guerra infinita contra el terror, parecía el concepto perfecto, pero los fabricantes de armas rusos, aplastaron el concepto perfecto como una colilla de cigarro.

Todos fuimos testigos del boom de las armas rusas, los homenajes a Kaláshnikov se sucedieron recordando al mundo cual es la marca de mayor prestigio, incluso se desató un furor por sus fusiles en el mercado interno estadounidense; las defensas antiaéreas S300 y S400 causaron consternación en los rivales y la demostración en terreno fue un golpe en el tablero de los fabricantes norteamericanos que desparramó las piezas, las volteó o las sacó del juego; algunas quedaron en pie.

¿Qué hace Trump? Sale a vender armas, y anuncia un acuerdo por ciento diez mil millones de dólares a los saudíes y veinte mil millones con los qataríes; tiene cierta lógica de ‘recuperación de mercado’.

Efectivamente Trump hizo un gran despliegue armamentístico, emplazó el sistema antimisiles en Corea del Sur, otro similar en Polonia, sumando al que ya había en Rumania, desplazó una fuerza nunca antes desplazada ni siquiera contra Japón, o en el desembarco de Normandia, hacia Corea del Norte, le vendió los cien mil millones a Arabia Saudita y los veinte mil a Qatar y los deja en una crisis geopolítica impensada, realmente se lo ve como un jugador de bowling que voltea sonriente al tiempo que todos los bolos saltan por los aires, pero los únicos blancos que tiene a su alcance son Cuba o Venezuela solas como ovejas apartadas del rebaño, están lo suficientemente lejos del eje del mal para prevenir una extensión global del conflicto, más encima toda la zona del Caribe tiene múltiples potenciales económicos de primera, segunda, tercera, cuarta y quinta generación.

Sin embargo no será tan fácil, el desastre de Vietnam puede repetirse llevado a la enésima potencia, o se puede caer en una guerra reality eterna que justifique el presupuesto de defensa y mantenga expectante a la población.

La clave de la guerra de Vietnam -digamos el gran logro político de Ho Chi Minh- fue que China permitiese el paso de armas rusas para pertrechar al Viet Cong, ¿cuál sería la situación equivalente esta vez? ¿la llegada al mar de Bolivia abriría una ruta de armas hacia el Viet Cong venezolano?

Así como de la acumulación mercantilista se pasó a la circulación liberal hoy estamos ante una nueva instancia, quizás la paradoja del Katéjon: los que luchan contra el mal retrasan la llegada del bien; para dar un  equivalente feminista, podríamos decir que la lucha contra el patriarcado mantiene vivo al patriarcado.

La cosa pública a medida que se fue haciendo más y más intangible, más y más se fue ‘cosificando’ y se ‘cosifica’ en los medios masivos de comunicación, lo que nos lleva a la entropía política, la entropía política es un equilibrio térmico entre el espacio privado y la calle del que ya no se puede extraer energía, una ciénaga ideológica, un pozo de brea cultural.

Juan Ponce

 

 

 

 

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